La utilización del agua de mar con fines terapéuticos ha existido desde siempre, pero es a partir del principio del siglo XX cuando los experimentos realizados permiten destacar las auténticas virtudes curativas y preventivas de la talasoterapia.
El primer científico en darse cuenta de estas virtudes es el Dr. René Quinton, de París, quien cambia su residencia a la costa atlántica, concretamente a Bretaña y, una vez allí, comprueba que, a iguales patologías, los pacientes se curan antes en esta región que en París. Deduce que la causa puede ser la cercanía del mar y decide realizar un estudio científico de esta primera corazonada.
Su primer descubrimiento es que hay una gran similitud entre el plasma sanguíneo y el agua de mar. A partir de este descubrimiento hizo los primeros experimentos con su perro, sustituyendo pequeñas cantidades de plasma sanguíneo por agua de mar y obtuvo resultados positivos. El agua de mar contenía elementos vitales ASIMILABLES por el organismo.
Una vez conocido este punto importante se trataba de averiguar la formula o el método para optimizar la asimilación. Tres parecían las opciones iniciales:
Así comenzaron, de manera tímida, a crearse los primeros establecimientos de tratamientos marinos que conocen su primer crecimiento importante en los años 60 a raíz de la curación casi milagrosa experimentada por el ciclista Louison Bobet tras un grave accidente de coche. A partir de ahí empieza la historia moderna de la talasoterapia.
La mitad de los Centros de Talasoterapia existentes en el mundo en la actualidad se encuentra en Francia y, de ellos, el 50% se abrieron entre 1985 y 1990.
Cuatro factores principales componen la talasoterapia:
La mejor asimilación se obtiene calentando estos elementos a por lo menos 35º y manteniéndose en contacto con ellos durante un mínimo de 12 minutos. Por eso no es necesario prolongar la mayoría de los tratamientos más allá de los 20 minutos.
